Una receta para educar: Amar

17.09.2010 22:33

 

El ser humano es esencialmente un ser a educar. Hay miles y miles de libros sobre educación, pero la única receta universalmente válida para bien educar es amar. Incluso, aunque podemos decir con verdad que la educación se inicia ya antes del nacimiento y que es una tarea inacabada que se prolonga durante toda nuestra vida y que sólo se termina con la muerte, es en sus primeros años cuando el niño recibe lo más esencial para su desarrollo físico, intelectual y sobre todo afectivo.

 

El niño viene al mundo para realizarse como persona. Educar es un gesto de amor que ayuda a desarrollar la personalidad para que pueda vivir su vida de la mejor manera posible, aunque es muy de desear que los educadores y sobre todo los padres, que son los máximos responsables, tengan desde el primer momento ideas claras sobre qué clase de personas quieren que sean sus hijos, recordando que en la personalidad influyen la herencia genética, el ambiente en que nos movemos y el modo como se vive la vida. Las cosas más preciadas de la vida son las que tenemos más a mano, como poder ver, oír, tocar, oler, sentir, pero el valor más importante que el niño recibe de sus padres es amor, que se expresa en demostraciones de afecto y cuidados materiales, aprendiendo él a amar porque se siente amado y percibe el amor en su familia.

 

La familia es el espacio social donde el niño se desarrolla y donde tienen lugar sus primeras experiencias interpersonales. Para el niño ser acariciado, besado, tocado, abrazado, es algo fundamental, porque así percibe el lenguaje de la ternura, del cariño y del amor, y si no le sucede así suficientemente, si vive en un ambiente frío y egoísta, sentirá la angustia de la soledad y de mayor le costará abrirse y expresar su ternura a su pareja. Dentro del ambiente familiar, cálido y afectivo, aprendemos a comportarnos de acuerdo a nuestro sexo y así formamos nuestra identidad sexual de niño o niña, hombre o mujer. El desarrollo social y sexual requiere la participación y cooperación de ambos padres, especialmente en el momento en que se separa de la madre e inicia el proceso de identificación con su padre. El niño también aprende de otros adultos y jóvenes, por lo que necesita modelos sólidos y puntos de referencia; de ahí que sean tan interesantes y formativas las familias numerosas donde los padres han empezado por dar un ejemplo de generosidad y en las que todos aprenden de todos. Tratado con amor, aunque con las debidas y oportunas correcciones y prohibiciones, pues los padres deben saber decir no, e incluso con algún cachete que otro, pero también oyendo elogios y cosas agradables, le será fácil irse realizando como persona, pues sentirse querido y valorado por la familia ayuda a que los niños se sientan seguros de sí mismos e intenten a través del amor arreglar sus propias dificultades, pudiendo tener entonces no sólo capacidad afectiva, sino también una visión positiva de la vida, lo que le ayudará en su propio desarrollo, mientras que tratado sin cariño o a base de amenazas y castigos, sería condenarlo a una personalidad débil e insegura e incurrirá fácilmente en conductas antisociales. La familia por tanto tiene un papel insustituible en el fomento de la cultura de la vida y de la solidaridad, en la transmisión de valores y en la educación de la afectividad.

 

Los padres han de informar a sus hijos acerca de los comportamientos que son deseables y prevenirles acerca de los que no lo son y, en su caso, reprenderles y castigarles, porque algo de disciplina siempre es necesario. El exceso de permisividad es tan perjudicial como el exceso de autoridad. Es en la familia donde el niño empieza a tener experiencia de lo que son las normas. Hay que evitar el error de intentar que al hijo no le falte nada, pues la voluntad se educa afrontando y superando pequeños obstáculos, pero si se le acostumbra a que tenga todo, a que para él no haya reglas, estamos creando pequeños monstruos que van a dar de mayores muchos problemas y disgustos.

 

Es en la familia donde se adquiere el hábito de los pequeños gestos de amor y ternura, los sacrificios que benefician al otro, las generosidades y el compartir. La educación con amor es imprescindible para superar ese estadio en el que sólo se busca la satisfacción inmediata de las propias apetencias y caprichos, a fin de que sepan buscar y elegir aquello que verdaderamente les conviene. En los niños lo más importante es la educación de la voluntad, que supone enseñarle a elegir, es decir decidirse por algo y saber renunciar en consecuencia a otras cosas. También es mejor decir al niño “esto está mal” y “no lo hagas” que “eres un desastre” o “qué malo eres”. Es deseable para el niño tener hermanos con los que puede ejercitarse en la convivencia y en los comportamientos sociales que tan importantes le son para su propia madurez. En pocas palabras, hemos de ver al niño como una persona en proceso de realización.

 

El niño es bueno y malo al mismo tiempo. Todos sabemos que el niño es un ser profundamente egoísta y que reacciona, actúa y se comporta impulsado por las necesidades cercanas que ansía satisfacer; necesitando por ello nuestra ayuda para ser educado, especialmente en lo que se considera bueno y positivo, como los valores religiosos y morales, a los que es muy receptivo. La educación no es posible sin un control, sin una dosis de sacrificio y esfuerzo, pues con frecuencia lo que vale la pena cuesta, pero para aceptar esto el niño necesita encontrar una acogida benévola que le permita confiar en sus padres y le llene de cariño y seguridad, siendo la ausencia de cariño el mayor obstáculo para su evolución positiva.

 

Pedro Trevijano

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